Otro hermoso 24 de marzo: Guazú ti’í

Nota: Esta entrada representa una experiencia personal  vivida que puede no necesariamente coincidir con la de todos los Ciervos

La colonia, hasta el cansancio, nos ha cazado. A pesar de ello… aún sobrevivimos. Muchxs han muerto. Algunxs hemos vivido vidas de tormentos, depresiones, de sentirnxs no dignxs. Hoy estamos acá, juntxs.

Este 24, con nuestras casacas rosas, el amor y la vida como banderas marchamos.

En la colonia, incluso a pesar de su violencia aniquiladora, siempre se abren fisuras. En esas fisuras, entre el humo de las parrillas improvisadas, las banderas y el amor de las personas,  elegimos movernxs. Tomamos aquello de lo que fuimos excluidxs y lo ponemos en tensión con nuestras formas de vivir, siempre vivir.

Somos el equipo de rugby del club Ciervos Pampas. Sí, rugby. Pero no el de siempre. Sí, es un producto colonial, pero lo estamos haciendo otro, nos lo estamos apropiando dándole la vida… y así a nuestras vidas. Lo potenciamos para la transformación de nos y del mundo hacia la paz y la equidad.

Habitamos un deporte históricamente ligado a formas de restitución de la masculinidad, a la disciplina del cuerpo, a la lógica de la confrontación. No lo negamos. Lo habitamos. Y en ese habitar, lo desplazamos.

Maricas, trans, travestis, no binaries, lesbianas, intersex, gays, queerx, * : no arribamos para pedir permiso, llegamos para jugar. Y en ese jugar, algo retorna como transformación. Lo que fue reprimido no vuelve igual: vuelve distinto, se vuelve vivo, se vuelve potencia.

Jugamos, entrenamos, reímos, nos abrazamos. Competimos, sí, pero no desde la aniquilación del otro, sino desde el vivir-con el otrx. La muerte de lo-otro-de-nosotros no organiza nuestro juego.

Disfrutamos estar, sostenernos, crecer, equivocarnos, hacer el ridículo y reirnos. El error no se paga con humillación: se comparte, se ríe, se aprende, se disfruta, se vive.

En los márgenes de la hegemonía, habitando nuestras fronteras, construimos algo que no pretende universalización. No es modelo, no es ejemplo: es experiencia otra, es disfrute encarnado en nuestras cuerpas. Es lo que podemos hacer con lo que somos, con nuestras historias, con nuestras vidas, en nuestro compartir infinito.

Mariconeamos el deporte. Mariconeamos la Cultura. Desarmamos en nuestro jugar lo que nos impusieron fijo, abrimos lo que parecía cerrado, por siempre, para siempre. La provocación nos es irrelevante, queremos jugar, amar, compartir. Solo nos interesa ser-con. Vivir en la frontera, en la tensión nunca abolida con la diferencia.

El deporte es nuestra llave maestra, nuestra puerta. No nuestro destino.

Orgullosos con nuestras remeras, caminamos la ciudad, visitamos el Museo Nacional de Bellas Artes, bicicleteamos las calles , vamos a un concierto en la Embajada de Brasil, visitamos la Ex ESMA… Reclamamos los espacios públicos en los que queremos estar, vivir, compartir, amar. Nunca más, nadie podrá decir que alguno no es un lugar adecuado. Somos rugbiers admirando la belleza del arte, disfrutando de un concierto de piano, evocando el dolor en la memoria de nuestro pueblo, entrenando en las plazas y los parques.

Hemos sido considerados seres aberrantes no dignos de la vida, aún hoy, especialmente hoy, nos sigue pasando, y desde lo más alto. Por eso mismo, en nuestro andar, en nuestras errancias, reivindicamos la vida. Vidas de personas que aman vivir. Maricas, gay, lesbianas, intersex, travestis, trans, no binaries, queer, quizás también heteros. No nos importan las etiquetas, merecemos, tenemos derecho a la vida, no vamos a renunciar a ella y agachar la cabeza. Tenemos derecho a disfrutar de estos espacios, no aceptamos, resistimos la exclusión, la discriminación.

Reivindicamos la vida en todas sus formas. Nos importa la posibilidad de vivir, de encontrarnos, de desear, de construir-con-otrxs.

Venimos de tierras arrasadas por la violencia colonial, de la aniquilación de civilizaciones, por múltiples opresiones que aún nos atraviesan.

Nuestras familias eventualmente son y han sido tomadas por las falsedades de la colonia, y aún a contracorriente del amor, nos han violentado.

Nuestras cuerpas-territorios han sido arbitrariamente desgarradas por los alambres de púa de la apropiación y el exterminio.

Pero también partimos de una potencia, como sobrevivientes, hacemos la belleza de nuestras vidas. Ahí está nuestra fuerza.

En el juego, nuestras cuerpas se encuentran. Se chocan, se sostienen, caen y se levantan.

Cada line, cada moll, cada scrum, evocan la fortaleza de estar con otros, la solidez de nuestros pies cuando se unen la pacha mama que nos sostiene, nos crea y nos ama tanto como nosotros a ella. Ella nos hace hijxs, hermanxs. Nunca enemigos.

En los márgenes de la hegemonía, habitando la frontera, construimos algo que no se pretende universalizante. No es modelo, no es ejemplo: es experiencia, es disfrute encarnado. Es lo que podemos hacer con lo que somos, con nuestras historias y en los territorios en que vivimos.

Somos ch’ixi. Habitamos la tensión. No nos interesa resolver dualismos: los transitamos, ida y vuelta. De nuestro tránsito obtenemos potencia, nuestra capacidad de transformación. No hay pureza. Hay mezcla, movimiento, devenir.

No rechazamos el erotismo de nuestras cuerpas. Lo vivimos como parte de esa potencia vital que nos une, que nos hace estar con otrxs, que engrandece la vida.

Entrenar en Ciervos no es sólo disciplinar el cuerpo: es también salir de las lógicas que nos quieren productivos, aislados, funcionales. Es encontrarnos aún en nuestros desencuentros. Es habitar un tiempo mesiánico, fuera del tiempo.

En ese devenir hay algo siempre claro: elegimos la vida.

Frente a toda lógica de exterminio, frente a toda forma de aniquilación de lo otro, insistimos en vivir-con. La otredad no es amenaza. Es condición y enriquecimiento de nuestra existencia.

Nuestro rugby, decolonial y amorosamente, reedita en el campo aquellos valores por los que a 30400 asesinaron y desaparecieron.

Nuestro rugby es amor, es condena de la muerte, del individualismo, del genocidio, de la aniquilación de lo-otro-de-nosotros.

Optamos por «vivir-con», en lugar de «aniquilar-a». La otredad para nos es riqueza, aprendizaje, razón de vivir. Es la razón de ser de nuestro deporte, de nuestro club, de nuestro estar juntos.

Sentimos, disfrutamos, amamos, nos cuidamos, festejamos la vida, festejamos la movilidad de nuestras cuerpas, nuestros encuentros y nuestros desencuentros. Condenamos la muerte oscura, perpetrada por seres oscuros. Nuestro rugby es paz, es querer, es amar, es aire fresco en la densidad irrespirable en que nos toca vivir.

Por eso marchamos. Por eso nuestras casacas rosas están y estarán, ahora y siempre. No como símbolo vacío, sino como marca en el cuerpo de una experiencia, de un disfrutar, de un vivir-con, en multitud. Un vivir no-siendo-individuos. Intentando que «Nunca Más» alguien se erija con el derecho de aniquilar la diversidad de la vida.

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